lunes, 17 de noviembre de 2014

Nuestra historia.. Nuestros comienzos con los hornos de ladrillos

Como se hacen los ladrillos..



Nuestra historia comienza en el año 1914 cuando Antonio Cerono llega a la ciudad de Balcarce, mas precisamente a la Av. Uriburu y 52. Antonio era un inmigrante italiano que venia a estas nuevas tierras en busca de trabajo y con el tiempo de poder traer al resto de su familia que se encontraba en Muro Lucano, Potenza, Italia. A los pocos años logro traer a su esposa y a sus 8 hijos, con los cuales montaron una fabrica de hornos de ladrillos comunes, ahi trabajaban todos los hijos del matrimonio.

Con el paso del tiempo

estas fabricas de ladrillos comunes comenzó a expandirse, cada uno de esos hijos fueron formando sus familias y fueron comprando tierras cercanas, siempre con el pensamiento de seguir con la empresa familiar.

Los hornos de ladrillos comunes requieren de mucho trabajo y dedicacion, desde las 5 de la mañana hasta las 6 de la tarde, donde se hace un proceso muy particular:

Los métodos para moldear a mano los ladrillos, varían notablemente de una a otra localidad los detalles de esta operación. El procedimiento, en general, consiste en lo siguiente: en una era bien plana y apisonada se sienta el moldeador, teniendo a su izquierda un cubo de agua y cerca de si una gradilla o molde y un rasero. Un ayudante pone a la derecha del moldeador un montón de pasta preparada; el operario coge la gradilla, la moja en el cubo, y después de colocarla en el suelo, la llena de barro, que extiende perfectamente con la mano izquierda, le quita luego con el rasero que tiene en la derecha la pasta excedente, y la echa en el montón. A continuación se retira un poco, levanta el molde y lo introduce en el agua, y así repite para cada ladrillo las mismas operaciones. Cuando éstos han tomado alguna consistencia, unas doce horas después, un obrero los saca de la gradilla y los coloca en posición vertical o apoyándolos de dos en dos, a la vez que hace desaparecer con un cuchillo las imperfecciones aparentes.

Un buen moldeador fabrica al día, por término medio, unos 6.000 ladrillos; pero con pasta consistente sólo puede hacer de 2.000 a 3.000.

Los ladrillos ya vaciados de los moldes o gradillas se exponen al aire y al sol; se verifica así la desecación, que tiene por fin darles cierta solidez, quitándoles la mayor parte del agua que contienen; con lo cual no sólo se economiza una cantidad notable de combustible en la cochura, sino que ésta se regulariza, y se evita que los ladrillos salgan porosos, agrietados y poco resistentes.

Para que la desecación sea perfecta, se colocan los ladrillos de plano y unos junto a otros en el secadero, tan próximos entre sí que éste aparezca como si estuviese enladrillado; en este estado quedan durante un período de tiempo variable, según la temperatura del ambiente, pero que nunca excede de veinticuatro horas. La desecación definitiva se verifica colocando los ladrillos en rejales, esto es, apilándolos de manera que el aire pueda circular libremente a su alrededor y les quite la mayor parte de humedad que contienen todavía.

Si las operaciones precedentes se han ejecutado con esmero e inteligencia, los ladrillos obtenidos podrán ser sometidos a la cocción.

Ésta puede verificarse en hornos provisionales, hechos con los mismos ladrillos que se van a cocer, según representa uno de los grabados adjuntos, y que se llaman hormigueros, o bien en hornos definitivos.

Antes de preparar el hormiguero se iguala y apisona el suelo, saneándolo siempre que sea húmedo o haya temor de que se inunde. Los hormigueros pueden ser de planta rectangular o cuadrada y sus dimensiones dependen del número de ladrillos que se hayan de cocer, que, en general, son más de 50.000 y pasan rara vez de 200.000, aunque a veces se elevan a medio millón. La altura de los hormigueros no excede, por lo general, de seis metros y medio.

Después de trazar la planta del hormiguero, se coloca un primer lecho o daga de ladrillos, de canto, dejando entre ellos huecos que se llenan de combustible; encima de esta primera capa se dispone otra en dirección perpendicular, luego otra en la misma forma que la primera, y así sucesivamente hasta seis dagas rellenas de capas de carbón, dejando de trecho en trecho unos espacios vacíos que serán los hogares, donde se pondrá el carbón en gran cantidad y se encenderá para que el fuego se propague por todos los intersticios donde haya acumulada materia combustible.

Dispuestas las seis dagas en la forma indicada, se encienden todos los hogares, y al cabo de dieciocho o veinte horas la masa está candente: entonces se tapan con ladrillo o arcilla las bocas de los hogares, para moderar la acción del fuego, y se continúa elevando el hormiguero con otras dagas hechas como las anteriores. Al paso que se levanta el hormiguero se cubren sus paredes con una camisa o enlucido de arcilla, mezclada con arena y paja, para disminuir la contracción de aquélla y darle consistencia; de la misma manera se cubre la última daga de ladrillos.

El hormiguero terminado presenta en conjunto la forma de un tronco de pirámide de base rectangular.

Sucede frecuentemente que los ladrillos próximos a la camisa no reciben más que un principio de cocción; en este caso, cuando se hacen varias hornadas, se utilizan para formar la base del hormiguero siguiente.

Se emplean de ocho a diez días en la construcción de un hormiguero para 200.000 ladrillos, pues no debe colocarse una daga hasta que el fuego actúe en la precedente, a fin de no ahogar la combustión, y en la cochura se invierten de doce a quince días, contados desde el momento de encender los hogares.

De las varias operaciones necesarias para la fabricación de los ladrillos, hay dos, la preparación de la pasta o amasadura y el moldeo, que admiten el empleo de máquinas.

Cuando hay que trabajar grandes cantidades de arcilla, las amasaderas mecánicas ofrecen grandes ventajas. En ellas la tierra mezclada con el agua se echa por la parte superior, y puesta la máquina en movimiento, deja la arcilla perfectamente amasada con una especie de grandes cuchillas o palas dispuestas circularmente como los radios de una rueda, según podemos ver en uno de los grabados que ilustran este capítulo.

Para el moldeo de los ladrillos son muchas las máquinas ideadas y construidas desde hace bastantes años: las máquinas de émbolo, numerosas y generalizadas, que funcionan por presión o por choque, haciendo saltar el prensado y moldeado; las laminadoras, que reciben la masa de arcilla informe, y después de pasarla por rodillos, la devuelven a través de orificios o hileras, en forma de filete o gruesa banda continua; las de moldes cortantes, en que éstos descienden sobre la arcilla previamente dispuesta y que al elevarse aquéllos queda convertida en varios ladrillos, perfectamente moldeados; y, finalmente, las máquinas compuestas, que como su nombre indica, reúnen las ventajas de las anteriormente descritas. Consisten éstas, esencialmente, en una fuerte armazón en que dos moldes vienen a colocarse, cada uno a su vez, debajo de la tapa superior, y mientras uno de ellos recibe la presión, el otro se adelanta y se desmolda automáticamente, presentando el ladrillo en la parte delantera del aparato. Para servirla bastan dos operarios, y consume medio caballo de vapor de fuerza, haciendo un trabajo de 5.000 ladrillos al día. Los operarios que cuidan de la labor de esta prensa sólo tienen que ir colocando los panes de arcilla en los moldes y retirar los ladrillos ya moldeados.

Basta, ahora, enumerar las principales especies de ladrillos que se fabrican para fines diversos, además de los comunes, que son de uso general. Tenemos, en primer lugar, los aplantillados, que se hacen conforme a plantilla y tienen forma de cuña, dovela, etc., y sirven para arcos, bóvedas u otras construcciones análogas. En los ladrillos de aserrín o corcho, estos materiales, reducidos a polvo o trozos muy menudos, se mezclan con la arcilla, produciendo una gran disminución en el peso de la masa. Tienen variadas y numerosas aplicaciones para el revestimiento de neveras, calderas de vapor, tubos de conducción de aire caliente, etc. Los hidráulicos se construyen de intento para resistir a la humedad. Los huecos, en general de forma prismática, perforados con diversos agujeros, por ser malos conductores de la humedad, del calor y del sonido, se recomiendan para los muros de las viviendas. Hay, además, ladrillos prensados, que sobresalen por su resistencia; refractarios, que son infusibles a las mayores temperaturas; vitrificados, buenos para guarnecer acedas y andenes; de pala de jamón, que tienen un rebajo y sirven para construir mochetas, y otros menos importantes.

Anécdota:
Mi abuelo Roque N. Cerono junto a sus hermanos y a su padre dueño de los hornos de ladrillos comunes los 8 hermanos eran quienes llevaban sus productos al Casino Central y al Hotel Provincial de la ciudad turística de Mar del Plata para el frente, reparaciones y partes nuevas que este iba a tener en un futuro.
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